Traducción del latín, prólogo
y notas de Nicolás Cruz.
PROLOGO
1.
Entregamos la traducción directa del latín de la obra conocida
bajo el título de Res Gestae Divi Augusti. Los datos concretos
son que se trata de un documento redactado por el emperador Augusto y
que, según sus deseos, fue puesto en dos columnas de bronce al
ingreso de su tumba en la ciudad de Roma.
El emperador Tiberio hizo confeccionar una importante cantidad de copias
que fueron trasladadas desde la capital a las provincias y ubicadas
en los respectivos templos de Roma y Augusto. Según la lengua
hablada en cada lugar, estas versiones fueron realizadas en griego,
latín ( las noticias hacen pensar que la versión que se
colocó en el Mausoleo de Roma estaba sólo en latín)
o en ambas lenguas.
El primer descubrimiento de la inscripción data del siglo XIX,
cuando Georges Perrot y Edmond Guillaure encontraron en Ancyra, la totalidad
del texto latino y sólo unos fragmentos del texto griego. Sobre
estos fragmentos Theodor Mommsem realizó la primera edición
de este documento en el año 1865. Diecisiete años más
tarde, los investigadores de la Academia de Berlín sacaron a
la luz la totalidad del texto griego, y el propio Mommsem realizó
la segunda edición (1883)1.
Otra copia fue encontrada en Apolonia en estado muy fragmentario, la
cual si bien no sirvió para cotejar los textos, fue de gran utilidad
porque convenció a los investigadores de que la inscripción
se había difundido por todas las ciudades importantes del imperio.
Otra copia fue encontrada en el foro de Antioquía en Pisidia.
Las excavaciones de este último hallazgo fueron comenzadas antes
de la primera guerra mundial, se suspendieron durante el desarrollo
de ésta y luego fueron recomenzados por los arqueólogos
de la Universidad de Michigan. Luego de estos trabajos, sacaron a la
luz la copia íntegra que sirvió para hacerse la idea de
que todas las copias mandadas a las provincias eran iguales.
Los textos griegos de esta inscripción hacen suponer que las
copias fueron redactadas en Roma, y por una persona que tenía
el latín como lengua madre. Desde Roma, entonces, habrían
sido enviadas a las provincias2.
2.
A partir del momento en que Mommsem realizó la segunda edición,
la que ahora incluía el texto griego, el debate histórico
se esforzó en entender frente a qué tipo de documento
se estaba. Bormann (1884), Schmidt (1885) y Nissen (1886), afirmaron
que se estaba frente a un elogio de tipo sepulcral, cuya finalidad sería
la de exaltar las costumbres republicanas del emperador Augusto. Esta
perspectiva fue rechazada por Hirschfeld en 1885 basado, y con razón,
en que los elogios sepulcrales constituyen una forma literaria conocida
de la cual, la Res Gestae, se aleja bastante. Por lo pronto los elogios
no son redactados en primera persona y hacen sólo referencia
a los cargos públicos ocupados por el difunto. En la obra que
nos ocupa, la redacción es realizada en primera persona, y esto
constituye un hecho muy importante, ya que a través de este uso
el emperador manifiesta, de manera insistente, su poder, y según
algunos comentaristas, deja en claro el carácter individualista
de toda su creación política3.
Fue W lfflin quien, en 1986, hizo un primer y grueso aporte en el mismo
sentido en el cual hoy interpretan esta inscripción la mayoría
de los historiadores, vale decir, como un documento único en
su género. En efecto, desde fines del siglo XIX, la crítica
ve en este testamento político del emperador Augusto una obra
a sí mismo, cuestión que se aclara si se tiene en cuanta
las múltiples intenciones que tuvo el autor al redactarla. Desde
el punto de vista literario, entonces, es vista como única, vale
decir, sin posibilidades de enmarcarla dentro de un género específico.
Es necesario resaltar el estilo tan particular de esta obra redactada
en 35 escuetos capítulos. Si nos detenemos a pensar que equivale
a unas memorias que abarcan un arco de tiempo de 56 años, esto
es desde la muerte de César (capítulo I) hasta el año
anterior de la muerte del autor (capítulo XXXV), y agregamos
que el autor fue quien puso fin a las guerras civiles y luego, gobernando
el imperio por 41 años, instauró un nuevo orden de cosas,
no podemos menos que admirarnos de la extraordinaria capacidad de síntesis
demostrada. Hay en estos 35 capítulos, un rechazo a lo superfluo
y no se encuentra ningún dato de sobra, así como tampoco
ninguna divagación que nos aleje del punto central que se está
tratando. Este estilo directo y de síntesis (¡cómo
no imaginar la inmensa extensión que la obra habría adquirido
bajo otra pluma!) puede ser una fuente de comprensión de la personalidad
de Augusto4.
El problema más complejo no ha sido la clasificación
del Res Gestae en cuanto género literario, sino que llegar a
establecer (cosa que como se verá, permanece como un problema
abierto) el sentido con el cual el autor orientó su obra. En
lo formal, Augusto parece hablar sobre tres temas: las obras que él
realizó, los honores por él recibidos y los gastos en
que él incurrió5.
Pero más allá de esto, el motivo de fondo que tuvo el
emperador fue el de querer presentarse ante la historia como lo hizo
en el capítulo XXXIV de su obra, cuando dice: “En mi sexto
y séptimo consulado, luego que hube extinguido las guerras civiles,
transferí el control de todas las cosas del estado, que había
asumido el consenso de todos, al libre arbitrio del senado y del pueblo
romano…”
El emperador se presenta como un restaurador de la república
romana (insiste sobre este punto en los capítulos IV, 1; V,1
y en el VI,1), queriendo con esto desechar la idea de que él
ha sido el creador de un nuevo sistema de gobierno. Es curioso –señala
Canali- que mientras Augusto más se acercaba a formas monárquicas,
más se esforzó en señalar que no había nada
novedoso en su acción sino que se trataba de una simple vuelta
a las costumbres de los antepasados.
Durante mucho tiempo el debate historiográfico se ha centrado
sobre esta problemática. Algunos investigadores, en la actualidad
son los menos, sostienen que Augusto fue efectivamente un restaurador
de la república6.
La mayoría, en cambio, está en la idea de que Augusto
fue el creador de un orden nuevo7.
Estos autores, y con razón a nuestro entender, señalan
que esta no fue una cuestión que dependiese tanto de Augusto
ya que su poder, por muy grande que fuese, no podía ir contra
las tendencias de la época, sino que el emperador tuvo que crear
una forma de gobierno que respondiese a los profundos cambios que se
habían producido en la sociedad romana como resultado del proceso
de expansión.
Otro importante punto de discusión, y relacionado con el primero,
es el saber cual fue el poder de que dispuso el emperador para realizar
esta obra. Nuevamente aquí las conclusiones a que diversos autores
han llegado son bastante diferentes. Para algunos, como Jones8
el poder del emperador fue básicamente militar y fue el peso
de sus legiones lo que le permitió llevar adelante su obra. Otros
no asignan una importancia tan decisiva a este aspecto, sino que buscan
los motivos en el hecho de que Augusto fue el vencedor de las guerras
civiles, pero, el principal resultado político de este hecho
no fue tanto la concentración de las armas en una sola mano,
como la pacificación de la convulsionada sociedad romana. Esta
última sería la fuerza central del emperador, vale decir,
el ser reconocido como la figura capaz de calmar el imperio y permitir
su normal desarrollo, con los beneficios que esto implicó para
todos sus componentes. Así, las familias patricias (llegaron
a una suerte de alianza), los grupos comerciantes, el orden ecuestre,
y, en general, todos los hombres nuevos, consiguieron una paz que necesitaban
urgentemente.
En forma escueta, como ya hemos señalado que es el estilo del
texto, Augusto sostiene que su poder arranca de su prestigio. En un
primer momento fue así porque él representó a la
república amenazada gravemente por el intento orientalista de
Antonio y en un segundo momento porque fue reconocido como el pacificador
por todos.
3.
Como ya señalamos, para Levi, en el Res Gestae, se advierten
tres grandes temas: las empresas de Augusto, los honores por él
recibidos y los gastos realizados a favor del estado `por el emperador.
Pero no se trata de que estos temas aparezcan claramente diferenciados,
por el contrario, están mezclados y sin seguir un orden cronológico,
cuestión, esta última, que se advierte claramente. Para
Levi esto se debe a que en el documento: “existe un ritmo que
a nosotros aparece como secreto, pero de cuya existencia nos damos cuenta
ya que constatamos que la exposición está ordenada "según
una regla interior. El ritmo está regulado por la finalidad del
documento, y la composición está determinada de la misma
manera, esto es de la necesidad de hacer resaltar el carácter
excepcional de la persona de Augusto y el progresivo intercambio de
obras y reconocimientos”9.
Parece necesario señalar que los tres temas no ocupan la misma
importancia en la composición de la obra. Como nervio real aparecen
las empresas mismas de Augusto, vale decir las obras de su gobierno.
Los otros aspectos se desprenden de aquí. En efecto, los honores
están para demostrar el reconocimiento social que han obtenido
sus empresas, así como para señalar que el emperador contó
siempre con un amplio respaldo.
El estilo del documento está claramente orientado a hacer resaltar
la figura del emperador en el quehacer de su tiempo. Escrito en primera
persona, por lo tanto autobiográfico, resulta voluntariamente
escueto, y con mano fuerte va haciendo recaer siempre en su persona
el honor de haber combatido y superado a los enemigos, así como
de haber dado un gobierno estable al imperio. Resulta una opinión
generalizada que Augusto redactó un núcleo originario
del documento, al cual después haciendo diversos agregados hasta
el año 14 d.c.10.
La presente traducción ha sido realizada a partir de la edición
del Res Gestae Divi Augusti publicada en Oxford 1967 por A. Brunt y
J.M. Moore, la cual acepta y utiliza Luca Canali. He tenido a la vista
las traducciones que he citado en el prólogo (Robinson, Hardy
y Canali). De entre estas he dado especial atención a la de Canali.
También consulté frecuentemente las traducciones de Concetta
Barini en su Monumentum Ancyranum, Tipografía del Popolo d’Italia,
Milano, 1930 y la de Enrica Malcovati, editada en Roma en 1910.
ADVERTENCIAS.
• Por motivos de dar al texto una mayor sencillez, el autor de
la obra aparecerá siempre bajo el nombre de Augusto, aunque bien
sabemos que su nombre original era Octavio. Luego de la muerte de César,
adoptó el nombre de Cayo Julio César Octaviano, y sólo
a partir del 16 de enero del 27 a.c. recibió el título
de Augusto, que él utilizó como su nombre político
durante todo su gobierno.
• Para muchas notas he utilizado el Oxford Classical Dictionary,
el cual aparece citado como O.C.D.
• Presentamos a los lectores este texto bajo la siguiente forma:
El número romano corresponde al capítulo, y los números
árabes a los párrafos. En la parte izquierda de la pantalla
aparece un menú desplegable que da acceso a las notas antecedidas
del correspondiente número árabe al cual hacen referencia.
Este menú divide las notas en dos: las que corresponden a ésta
introducción y las que corresponden al Res Gestae propiamente.
También está la opción de regresar al menú
principal de la Web.
De las obras del Divino Augusto con las cuales sometió toda
la tierra del orbe al imperio romano, y de los gastos que hizo a favor
de la república y el pueblo. He aquí la reproducida copia
de la original incisa en dos columnas de bronce levantadas en Roma11.
RES GESTAE DIVI AVGVSTI
I
A los veinte años alisté un ejercito por decisión
personal y financiado por mí, con el cual devolví la libertad
a la república oprimida por la dominación de las facciones12.
Por esto el senado, con decretos honrosos, me unió a su orden
bajo el consulado de C. Pansa y A. Hirtio, y se me permitió expresar
mi opinión entre los cónsules y se medio el imperio13.
Dispuso que yo, en condición de propretor, junto con los cónsules,
proveyese para que la república no sufriese daño alguno14.
Ese mismo año, ya que los dos cónsules habían caído
por la patria, me ordenó cónsul y triunviro para ordenar
la república15.
II
Mandé al exilio a los que asesinaron a mi padre y con juicio
justo castigué su crimen. Luego, cuando hicieron guerra a la
república los vencí dos veces16.
III
Frecuentemente combatí en tierra y en mar, guerra civiles y externas
en todo el mundo, y victorioso perdone a todos los ciudadanos que me
pidieron perdón17.
Preferí salvar en vez de destruir a los pueblos extranjeros que
podían ser perdonados sin peligro.
De los ciudadanos romanos, fueron cerca de quinientos mil los que me
prestaron juramento. Algo más de trescientos mil veteranos coloqué
en colonias o devolvía a su lugar de origen (municipio), a todos
asigné tierras y di los premios por labores militares18.
IV
Dos veces recibí la ovación y celebré tres veces
el triunfo curul, y fui aclamado 21 veces emperador, decretándome,
luego el senado muchos triunfos rechacé. Depuse 11 fascibus de
laurel (laurum de fascibus) en el Campidoglio, deshaciendo así
los votos que hice en cada una de las guerras19.
Cincuenta y cinco veces el senado decretó rogativas a los dioses
inmortales por las felices empresas cumplidas por mí o por mis
legados bajo mis auspicios.
Alcanzaron a ochocientos noventa los días en los cuales, por
decreto del senado, fueron pronunciadas oraciones.
En mis triunfos fueron transportados delante de mi carro nueve reyes
o hijos de reyes.
He sido cónsul trece veces y estoy en el 37avo año de
la Tribunicia potestad cuando escribo estas memorias20.
V
No acepté la dictadura que me ofreció el pueblo y el senado
mientras estuve ausente o presente en la ciudad, bajo el consulado de
M. Marcelo y L. Arruntio21.
No rechacé el encargarme de la annona en momentos de la gran
escasez del grano, administré las cosas de tal manera de liberar
en pocos días a la ciudad entera del peligro y el temor gracias
a mis gastos y preocupaciones22.
No acepté el consulado anual y perpetuo que se me ofreció.
VI
Bajo en consulado de M. Vinicio y Q. Lucrecio, y luego bajo el de P.
Léntulo y Cn. Léntulo, y por tercera vez bajo Paulo Fabio
Maximo y Q. Teburone, el senado y el pueblo romano quisieron designarme
único y todopoderoso superintendente de las leyes y de las costumbres,
pero yo no quise aceptar ninguna magistratura contraria a las costumbres
de nuestros antepasados23.
Y aquellos actos que el senado quiso que de ahora en adelante fuesen
realizados por mí, los realicé sobre la base de la tribunicia
potestad, en el cual (poder) por cinco veces, espontáneamente,
pedí y obtuve colega24.
VII
Fui triunviro para la ordenación de la república por diez
años25.
Fui princeps del senado por 40 años hasta el momento en que se
escribió estas memorias26.
Fui pontífice máximo, augur, parte de los 15 hombres encargados
de los ritos sacros, parte de los 7 hombres epulones. También
he pertenecido a los hermanos Arvales y a los Titios, y asimismo he
desempeñado el cargo de heraldo fecial27.
VIII
Cónsul por quinta vez, por voluntad del pueblo y del senado,
aumenté el número de los patricios28.
Tres veces depuré el senado, y en el sexto consulado, teniendo
como colega a Marco Agripa, hice el censo de la población. Celebré
la ceremonia lustral después de cuarenta y dos años y
en esta ocasión fueron registrados cuatro millones setenta y
tres mil ciudadanos romanos.
Por segunda vez hice el “lustrum”, revestido del poder consular
con imperio único, bajo el consulado de C. Censorio y C. Asinio
en esta ocasión fueron registrados cuatro millones novecientos
treinta y siete mil ciudadanos.
Con nuevas leyes, promulgadas a propuesta mía, repuse en vigor
costumbres del tiempo de nuestros antepasados ya caídas en desuso
y yo mismo tramandé a las generaciones futuras muchas costumbres
dignas de imitar29.
IX
El senado decretó que cada cuatro años los cónsules
y los sacerdotes hiciesen votos por mi salud. Para celebrar estos votos,
en vida mía, algunas veces celebraron juegos los cuatro más
venerados colegios de sacerdotes y otras veces los cónsules30.
Y también en privado, así como por municipios, todos los
ciudadanos, en forma unánime y sin interrupción, ofrecieron
oraciones, en todos los altares por mi salud31.
X
Por decreto del senado mi nombre fue incluido en el “Carmwn Saliare”
y fue sancionado por la ley que mi persona fuese inviolable y que tuviese
la tribunicia potestad de por vida32.
Rechacé convertirme en pontífice máximo en el puesto
de un colega vivo cuando el pueblo me ofreció ese sacerdocio
que ya había tenido mi padre. Después de algunos años,
muerto aquel que lo había ejercido durante las guerras civiles,
acepté su sacerdocio bajo el consulado de Publio Sulpicio y de
Cayo Valgio, confluyendo para mi elección desde toda Italia,
una multitud tal, según se dice, nunca había estado en
Roma antes de este tiempo.
XI
El senado, con motivo de mi regreso, consagró el altar de la
“Fortunae Reducis” delante de los templos del Honor y de
la Virtud en la Porte Capena y dispuso que en él, los pontífices
y la Vírgenes Vestales sacrificasen anualmente el día
en el cual, bajo el consulado de Q. Lucrecio y M. Vinicio, regresé
de Siria, y llamó ese día Augustalia a mi nombre33.
XII
Por decisión del senado. Una parte de los pretores y tribunos
de la plebe, el cónsul Q. Lucrecio y los hombres más importantes,
me vinieron al encuentro en Campania, honor que nunca se había
decretado antes que a mí34. Cuando
regresé a Roma de España y la Galia, luego de haber realizado
felices empresas en esas provincias, bajo el consulado de Tiberio Nerón
y de Publio Quintilio, el senado decretó que se debía
consagrar en honor de mi regreso el “Ara pacis” en las proximidades
del Campo de Marte, y dispuso que en él los magistrados, sacerdotes
y vírgenes Vestales celebrasen cada año un sacrificio35.
XIII
El templo de Ianum Quieinum”, que nuestros antepasados quisieron
que fuese cerrado cuando todo el imperio romano, ya fuese en tierra
o mar, hubiese paz como frutos de las victorias y que según la
tradición se cerró sólo dos veces desde la fundación
de la ciudad, el senado decretó que fuese cerrado tres veces
durante mi principado36.
XIV
El senado y el pueblo romano en mi honor, designó a mis hijos
Cayo César y Lucio César, a quienes la fortuna me arrebató
jóvenes, cónsules a la edad de quince años, para
que asumieran la magistratura luego de cinco años, y desde el
día en que fueron llevados al foro tomaron parte en los consejos
de estado37.
Además el orden de los “equites” romanos les donó
escudos y lanzas de plata, y a ambos los proclamó príncipes
de la juventud38.
XV
En mi quinto consulado di a cada uno de los hombres de la plebe romana,
trescientos sestercios del testamento de mi padre, y cuatrocientos sestercios
de los botines de guerra a nombre mío. Nuevamente, en mi décimo
consulado, di a cada uno cuatrocientos sestercios de mi patrimonio.
Siendo cónsul por la décima primera vez hice doce distribuciones
de grano con granos comprados por mí, y en el año de mi
décima segunda tribunicia potestad di, por tercera vez, cuatrocientos
sestercios a cada uno. De estas donaciones se beneficiaron no menos
de doscientas cincuenta mil personas39.
En el año de mi décima octava tribunicia potestad, siendo
cónsul por la décima segunda vez, di sesenta denarios
a los trescientos veinte mil miembros de la plebe urbana.
En mi quinto consulado, di mil sestercios a cada una de las colonias
de mis soldados, sacados del botín de guerra; en las colonias,
cerca de ciento veinte mil hombres recibieron la donación al
momento de mi triunfo.
Siendo cónsul por la décima tercera vez, di sesenta denarios
a cada miembro de la plebe que en ese momento recibiese trigo público;
fueron poco más de doscientos mil hombres.
XVI
Pagué a los municipios con dinero por las tierras que asigné
a mis soldados en mi cuarto consulado, y luego bajo el consulado de
M. Craso Cn. Lentulo Augur. La suma fue cercana a los seiscientos millones
de sestercios cuando pagué las tierras de Italia, y cerca de
doscientos sesenta millones cuando pagué las tierras de provincias.
Según hoy se dice, fui el único en hacer esto entre todos
los que instalaron colonias en Italia o en las provincias40.
Y después, bajo el consulado de Tiberio Nerón y Cneo.
Pison y bajo el consulado de C,. Antistio y D. Lelio, y bajo el de C.
Calvisio y L. Pasieno, y bajo el consulado de Lentulo y M. Messala,
y el de L. Caninio y Quintio Fabricio, devolví a sus colonias
a los soldados que habían concluido su servicio, a quienes pagué
enteramente en dinero sus premios, en lo cual gasté cerca de
cuatro millones de sestercios.
XVII
Ayudé cuatro veces al erario con mi propio dinero, entregando
ciento cincuenta millones de sestercios a aquellos que estaban encargados
de éste.
Bajo el consulado de M. Lépido y L. Arruntio versé, de
mi patrimonio, el erario militar que fue creado por mis consejos para
dar los premios a los militares que hubiesen militado veinte años
o más, ciento sesenta millones de sestercios41.
XVIII
A partir del año en que fueron cónsules Cneo y Publio
Lentulo, hice asignaciones de grano y de dinero de mi granero y de mi
patrimonio, ya que las rentas públicas eran insuficientes, a
cien mil o más personas42.
XIX
Construí el senado, y adyacente a él, el Calcídico,
y el templo de Apolo con sus pórticos sobre el Palatino y el
templo de Divo Julio, el Lupercal, el pórtico en el circo Flaminio,
el cual permitió fuese llamado Octavio, en honor a quien en el
mismo lugar había edificado una precedente y la logia imperial
del Circo Máximo43.
El templo de “Iovis Feretre et Iovis Tonantis” en el Campidolio;,
el templo de Quirino; Los templos de Minerva, de Juno reina y el de
Júpiter liberador en el Aventino; el templo de los Lares al final
de la Vía Sacra; el Templo de los Penates en la Velia; el templo
de la Juventud y el templo de la Magna Mater en el Palatino.
XX
Restauré el Campidolio y el teatro de Pompeyo, ambas obras de
gran costo, sin colocar una inscripción a mi nombre44.
Restauré los acueductos en muchos lugares, los cuales estaban
en ruinas por el tiempo, y dupliqué el acueducto llamado Marcio,
introduciendo una nueva surgente en su curso.
Concluí el foro Julio y la Basílica entre el templo de
los Castores y el templo de Saturno, obras comenzadas y casi terminadas
por mi padre, y cuando la misma fue destruida por un incendio, comencé
su reconstrucción en una superficie más amplia dedicándola
a mis hijos y ordené que si no la hubiese terminado en vida mía,
fuese concluida por mis herederos.
Siendo cónsul por sexta vez, por la voluntad del senado restauré
ochenta y dos templos de dioses en la ciudad, sin dejar de lado ninguno
que en ese tiempo exigiese arreglo.
Cónsul por séptima vez restauré la Vía Flaminia
hasta la ciudad de Ariminium, y todos los puentes menos el Milvio y
el Minicio45.
XXI
Construí en terrenos privados en templo de Martis Ultoris y el
foro de Augusto.
Construí, en suelo comprado en gran parte a particulares, el
teatro en las cercanías del templo de Apolo, el cual llamé
de M. Marcelo, mi yerno46.
Consagré dones de los botines de guerra en el Campidolio y en
el templo al Divo Julio y en el templo de Apolo y en el templo de Martis
Ultoris, los cuales me costaron cerca de cien millones de sestercios.
En mi quinto consulado devolví treinta y cinco mil libras de
oro (12 onzas) a los municipios y colonias que me ofrecieron para mis
triunfos, y después cada vez que fui aclamado emperador no acepté
el oro que los municipios y las colonias me decretaron con el mismo
efecto de las ocasiones anteriores47.
XXII
Di tres veces juegos gladatorios a mi nombre y cinco veces los di al
nombre de mis hijos y nietos. En estos juegos combatieron cerca de diez
mil hombres. Dos veces ofrecí a mi nombre y tres veces a nombre
de mis sobrinos, juegos de atletas, a quienes hice venir de todas partes48.
Ofrecí cuatro veces juegos en mi nombre y veintitrés veces
en lugar de otros magistrados. Por el colegio de los quindicem viri,
en calidad de presidente, bajo el consulado de Cayo Furnio y de Cayo
Silano, celebré los juegos seculares. En el decimotercer consulado
celebré yo, por primera vez, los juegos marciales, que luego
de esta ocasión, celebraron los cónsules cada año
por decreto del senado. Veintiséis veces, en mi nombre y en el
de mis hijos y sobrinos, ofrecí al pueblo caza de bestias africanas
en el circo, el foro o el anfiteatro, en estas fueron asesinadas cerca
de tres mil quinientas fieras.
XXIII
Ofrecí al pueblo un espectáculo naval al otro lado del
Tiber, en aquel lugar donde ahora está el bosque de los Césares,
cavando el terreno en una longitud de mil ochocientos pies y una latitud
de mil doscientos, en el cual combatieron 30 naves con espolones entre
trirremes y birremes, más mucha (naves) pequeñas; es estas
flotas fuera de los remeros combatieron cerca de 3000 hombres49.
XXIV
Victorioso repuse en todos los templos de las ciudades de las provincias
de Asia los ornamentos que poseía en forma privada, luego de
haber expoliado los templos, aquel con quien había combatido50.
Levantaron estatuas mías, pedestres, ecuestres y en cualesquiera
cuadrigas de plata en unas 80 ciudades, las cuales yo hice remover,
e hice donaciones con el dinero en el templo de Apolo a mi nombre y
en el de aquellos que levantaron las estatuas en mi honor51.
XXV
Pacifique el mar liberándolo de los piratas. En esa guerra capturé
unos treinta mil esclavos que habían huido de sus patrones y
habían tomado las armas contra la república. Los devolví
a sus patrones para que les dieran el máximo suplicio52.
Toda Italia juró en mi nombre de manera espontánea y me
pidió que fuese el jefe en la batalla que combatí en Accio.
Juraron también en mi nombre las provincias de la Galia, Hispania,
Africa, Sicilia y Cerdeña53.
Además, bajo mi mando militaron setecientos senadores y de entre
ellos, antes o después y hasta el día en que fueron escritas
estas memorias, ochenta y tres fueron elegidos cónsules y unos
ciento sesenta fueron hechos sacerdotes54.
XXVI
Aumenté los límites de todas las provincias del imperio
romano con las cuales confinaban pueblos contrarios a nuestro imperio55.
Pacifiqué la provincia de las Galias y las Hispanias, así
como también la Germania en área que bordea el océano
de Cádiz hasta la desembocadura del Elba56.
Pacifiqué los Alpes en la región cercana al mar Adriático
hasta el Tusco, sin llevar a ningún pueblo a la guerra injusta57.
Mi flota navegó por el océano, desde la desembocadura
del Rin, vía Oriente, hasta el límite de los Cimbrios,
lugar hasta donde por tierra o por mar no había llegado antes
ningún romano. Y los Cimbrios, Caridios, Semnones y otros pueblos
germanos, por medio de embajadores pidieron mi amistad y la del pueblo
romano58.
Por mis órdenes y bajo mis auspicios, mandé dos ejércitos
contemporáneamente en Etiopía y en Arabia, llamada entonces
Eudaemon, y un gran número de la gente hostil fueron muertos
en batalla y muchas ciudades conquistadas. En Etiopía el ejército
llegó hasta la ciudad de Nabata próxima a la ciudad de
Meroe; en Arabia el ejército marchó a través del
territorio de los Sabei hasta la ciudad de Mamibu.
XXVII
Anexioné Egipto al Imperio Romano59.
Teniendo la posibilidad de convertir Armenia Mayor en provincia cuando
fue asesinado su rey Artaxes, preferí, de acuerdo a las costumbres
de nuestros antepasados, dar el reino a Tigranes, hijo del rey Artavisdis,
nieto del rey Tigranes. Esto lo hice a través de Tiberio Nerón,
mi hijastro. Cuando esa gente se hizo disidente y se rebeló,
los tomé por medio de mi hijo Cayo, y encargué a Ariobarzanes,
hijo de Artabazis, rey de los Medos, y después de su muerte encargué
a su hijo Artavasdes, quien fue asesinado.
Puse el reino a Tigranes que pertenecía a la familia real de
Armenia.
Recuperé todas las provincias que están situadas al oriente,
más allá del Adriático y Cirene, caída ya
en gran parte en manos del rey, como ya antes había hecho con
Sicilia y Cerdeña, ocupadas en la guerra de los esclavos60.
XXVIII
Instalé colonias militares en Africa, Sicilia, macedonia, así
como en Hispania, Acaya, Asia, Siria, la Galia Narbonense y Pisidia61.
También Italia tiene 36 colonias, estanciadas por mi autoridad
las cuales bajo mi gobierno fueron prósperas e intensamente pobladas.
XXIX
Vencido completamente al enemigo, recuperé de la Hispania la
Galia y los Dálmatas, muchas insignias militares perdidas por
otros jefes.
Obligué a los partos a restituir las insignias de tres ejércitos
romanos y a solicitar la amistad del pueblo romano. Repuse esas insignias
en el interior del templo de Martis Ultoris62.
XXX
Sometí a los pueblos de la de la Panonia, a los cuales nunca
había llegado un ejército del pueblo romano antes de mi
principado, por medio de Tiberio Nerón, mi hijastro y legado,
y extendí los confines ilíricos hasta las orillas del
río Danubio63.
Habiendo un ejército de los Dacios pasado de esta parte del Danubio
fue, bajo mis auspicios derrotado y diseminado. Luego mi ejército,
yendo más allá del Danubio, obligó a la población
de los Dacios a someterse a las órdenes del pueblo romano64.
XXXI
Muchas veces fueron mandadas a mí, embajadas de los reyes de
India nunca vistas antes de ahora por algún jefe de los romanos.
Por medio de legados, pidieron nuestra amistad los Bastarnos y los Escitas;
el rey de los Sármatas, los cuales se ubican a ambos lados del
río Tanaim; el rey de los Albanos, de los Iberos y los medos65.
XXXII
Suplicante se refugió ante mí Tiridates, rey de los Partos,
y después Fraates, hijo del rey Fraates, Artavasdes de los Medos,
Artaxares de los Adiabenos, Dumnobellaunus y Tincomnius de los Britanos,
Melone de los Sugambros y el …ro de los marcomanos Suevos66.
Fraate, rey de los Partos, hijo de Orodes, me envió a Italia
todos sus hijos y sobrinos, no porque hubiese sido derrotado en una
guerra, sino para pedir nuestra amistad poniendo su familia como prenda.
Durante mi principado se beneficiaron con la lealtad del pueblo romano
muchos otros pueblos que no habían tenido con el pueblo romano
ninguna relación de amistad ni embajadas67.
XXXIII
Los pueblos de los Partos y los Medos, por intermedio de embajadas de
notables, pidieron y recibieron de mí sus soberanos: los Partos
a Vonones, hijo de Fraates, nieto de Orodes; los Medos a Eribarzanes,
hijo de Artavasde, nieto de Ariobarzanes68.
XXXIV
En mi sexto y séptimo consulado, luego de haber extinguido las
guerras civiles, transferí el control de todas las cosas del
estado, que había asumido por el consenso de todos, al libre
arbitrio del senado y del pueblo romano69.
En vista del mérito mío, fui por un senado consulto llamado
Augusto, y la puerta de mi casa fue adornada por laureles, y en la entrada
fue puesta una corona cívica. En la Curia Julia fue puesto un
escudo de oro donde se lee que me lo ofrece el senado y el pueblo romano
en reconocimiento a mi valor, clemencia justicia y piedad70.
Después de estas fechas fui superior a todos los auctoritas,
aunque no tuviese más poder que aquellos que fueron mis colegas
en cada magistratura71.
XXXV
Ejercitando mi decimotercer consulado, el senado, el orden ecuestre
y la totalidad del pueblo romano me llamó Padre de la Patria,
y me decretaron que este apelativo fuese inscrito en el vestíbulo
de mi casa, y en la Curia Julia y en el foro de Augusto bajo la cuadriga
que ahí fue puesta en mi honor por decreto del senado72.
Cuando escribí estas memorias tenía setenta y seis años73.