HANNIBAL

 

 

Cuando Publio Cornelio Escipión vino a Hispania para ponerse al frente del ejército romano, después de la derrota de su padre y de su tío (1), motivada por la traición de los celtíberos en el año 211 (Liv. 25, 33, 36, 2 y 13), contaba sólo 25 años de edad. Fue nombrado general del ejército romano que operaba en Hispania. No había desempeñado hasta el momento ninguna alta magistratura. Nunca antes el Estado romano había concedido poderes militares tan grandes a un solo hombre. La desastrosa situación del ejército romano en Hispania, después de la muerte de los hermanos Escipiones, explica esa medida. Su experiencia militar consistía únicamente en haber luchado al lado de su padre en la batalla de Tesino, y después en la de Cannas.


Llegado a Tarraco la primera medida que tomó fue convocar una asamblea de aliados (Liv. 26, 19, 10). Desde el primer momento, el joven general planeó establecer excelentes relaciones con los aliados hispanos. Era imprescindible contar con ellos.


Publio Cornelio Escipión fue un hombre religioso. Corrían rumores de sus “visiones” de los dioses durante el sueño, hecho que levantaba curiosidad entre la gente y causaba respeto a los soldados y al pueblo. Tito Livio (26, 19) escribe sobre el particular:


“Escipión, en efecto, no sólo fue admirable por sus verdaderas cualidades,
sino también por cierta habilidad en hacer ostentación de ellas, en la que
se había aleccionado desde su adolescencia; ante la multitud, procedía en
la mayoría de actuaciones como si su espíritu hubiera sido aconsejado por
medio de apariciones nocturnas o por inspiración divina [...] Preparando
los ánimos para esto ya desde el principio, no hubo un día desde que vistió
la toga viril que, antes de realizar algún acto social o privado, no fuera al
Capitolio y, entrando en el templo, permanecía sentado y allí, en lugar
aparte, pasara un rato casi siempre a solas. Esta costumbre que observó
durante casi toda su vida, afianzó en algunos la creencia, que se divulgó
intencionada o casualmente, de que este hombre era de estirpe divina, y
reprodujo una leyenda, difundida antes acerca de Alejandro Magno [...]
La ciudadanía, confiando en estas cosas, encomendó a una edad en
absoluto madura el peso de tan enorme responsabilidad y un poder tan
inmenso”.


Publio Cornelio Escipión demostró desde el primer momento tener una gran audacia, ser emprendedor y hábil. Con su sola presencia supo infundir ánimos desde el primer instante en un ejército desmoralizado y que había sido arrinconado a la región de los Pirineos (App. Iber. 17). La primera decisión importante de tipo militar que tomó el joven general fue muy arriesgada. Planeó apoderarse de Carthago Nova, lo cual era, efectivamente, un golpe de audacia, pues distaba 280 kilómetros de la base de operaciones romana.

Estandarte cartaginés


Carthago Nova, como puntualiza Polibio (10, 7, 6) era el almacén del dinero y de equipajes de los tres ejércitos cartagineses operantes en la Península Ibérica (Pol. 10, 7, 4). En la ciudad se concentraban los rehenes capturados en toda Hispania, y sólo estaba defendida por mil hombres. Publio Cornelio Escipión se enteró puntualmente antes de tomar alguna decisión en este sentido, informándose no sólo de la situación de la plaza sino también de su abastecimiento, sus defensas, su entorno particular: el estero que la rodeaba, pantanoso y vadeable por muchas partes, y que a la caída de la tarde generalmente se retiraba la marea. Escipión, pues, antes de decidir el ataque estudió todas las circunstancias que podían ayudarle a él y volverse en contra del enemigo. Toda precaución era poca, pues se trataba de tomar la capital de los Bárquidas en Hispania. En siete días Escipión y su ejército se plantaron a las puertas de Carthago Nova, lo cual indica un ritmo rápido y disciplinado de marcha de tropas. El asalto y toma de la capital guarda pocos paralelos con el asedio y caída de Sagunto por Aníbal. Ordenó el general romano a Gayo bloquear la ciudad por mar, mientras él, con 2.000 soldados, emprendió el asedio y posterior asalto de la muralla con escalas. La lucha fue feroz. P. Cornelio Escipión participó en el combate personalmente, lo cual inspiraba confianza a su gente y les animaba en el esfuerzo. Escipión, pues, como Aníbal o Alejandro, demostró valentía temeraria en el combate. Supo bien aprovechar la bajada del nivel de agua por efecto de la marea. Se logró abrir la puerta de la muralla, entrado parte de la tropa, la cual había recibido instrucciones de que mataran a los habitantes sin piedad. Es un rasgo ciertamente inhumano del general. La ciudadela fue tomada por el propio general al frente de 1.000 soldados. La ciudad quedó a merced del pillaje de los soldados romanos. El botín fue enorme (Liv. 26, 47). Escipión enseguida tomó una iniciativa importante indicativa de su forma de entender la política militar: atraerse a las poblaciones indígenas mediante favores y promesas. Dejó en libertad a 300 rehenes con tal de que sus parientes se avinieran a establecer una alianza con el pueblo romano. Repartió joyas entre los prisioneros. A la esposa de Mandonio y a la hermana de Indíbil –ambos eran jefes ilergetes y aliados de los cartagineses– los tomó bajo su protección directa (Pol. 10, 18). Envió a casa a la prometida del príncipe celtíbero Alucio, quien, en agradecimiento, se presentó a Escipión con 1.400 jinetes (Liv. 26, 50).
Esta política de acercamiento practicada por Escipión fue posteriormente imitada por Tiberio Sempronio Graco en la Primera Guerra Celtibérica, y por Sertorio durante la guerra que este mantuvo en Hispania, y más tarde también por Julio César. Siempre produjo excelentes resultados. El historiador Dión Casio (fr. 57, 42) escribe sobre el particular que envió a sus casas, sin rescate, a todos los rehenes, y que con esta política se ganó la adhesión de muchos pueblos y reyezuelos, entre los que cita a los ilergetes y a sus caudillos Indíbil y Mandonio. Ello puede hacerse extensivo al celtíbero Alucio (Val. Máx. 4, 3,1; Pol. 10, 37, 38), y a Edecón, rey de los edetanos, que se pasó a la causa romana en agradecimiento por la devolución de su esposa (Pol. 10, 34).

EQUITE


Después de la toma de Carthago Nova, Escipión pasó el invierno con su ejército en Tarraco. Al parecer puso sitio también a la ciudad de Baria (Villaricos) (Gell. 6, 1, 8; Plut. Apoph. Scip. maior, 3), importante por sus minas. Las obligaciones militares no le apartaban de sus obligaciones civiles, cual era la administración de la justicia. En la toma de esta plaza, “fuerte y bien provista de fortificaciones y de defensores, y abundantemente aprovisionada”, como escribe puntualmente Gelio, demostró una gran confianza en sí mismo al convocar a los litigantes en la ciudad, que aún no había sido tomada. La conquista de Carthago Nova y de Baria descubre el inteligente plan de Escipión de arrebatar a Cartago el dominio de dos de las zonas más rentables, por sus minas y sus pesquería, además de ocupar y utilizar en provecho propio el mejor puerto de toda la costa ibérica, bien comunicado con Italia y el norte de África. Dión Casio (fr. 57,48) menciona la altas virtudes de Escipión, que era habilísimo como general, mesurado en el trato, terrible para sus enemigos, amable con sus subordinados, rápido en la victoria, y acertado en las previsiones de futuro. Y añade el historiador: “todos le veneraban como un ser superior, y los iberos le dieron el título de rey”. Escipión fue el primer general romano que recibió el título de rey, siendo Indíbil y Mandonio los primeros en proclamarle como tal (Pol. 10, 38).


En el año 207 a.C. Escipión se vio obligado a penetrar en la Celtiberia, pues un nuevo general cartaginés, Hannón, atravesó el Estrecho desde África con un nuevo ejército para sustituir a Asdrúbal. Unido a Magón enseguida formó un gran ejército de celtíberos. Escipión mandó contra él a M. Silano con más de 10.000 infantes y 500 jinetes. El ejército de los celtíberos se componía de 4.000 infantes y 200 jinetes. Esta tropa ocupaba la primera línea y los armados a la ligera la retaguardia. Livio (28, 12) al narrar esta lucha, describe bien la manera de combatir los celtíberos, que al ser acribillados por los dardos de los romanos, se agachaban, y después se levantaban e inmediatamente, ya de pie, acometían con las espadas. La costumbre de los celtíberos era atacar corriendo, pero en esta ocasión las asperezas del terreno no permitían correr. Murieron los celtíberos, que llevaban escudos grandes y espadas tipo céltico. Magón huyó con 2.000 infantes y toda la caballería a Cádiz. Hannón fue capturado vivo. Esta penetración romana a la Celtiberia denota una gran visión militar por parte de Escipión, como fuera antes la toma de Carthago Nova y de Baria. Se trataba de penetrar y bloquear la gran cantera de reclutamiento de los cartagineses, limpiar el territorio de enemigos y tener las manos libres para llevar la guerra al valle del Guadalquivir y hacer frente al único ejército púnico que quedaba activo en la Península a las órdenes de Asdrúbal, que huyó hacia el océano, a Gades. La táctica del general romano consistió en diseminar el ejército por las ciudades para que se protegiesen a sí mismas tras las murallas (Liv. 28, 2, 13). Escipión demostraría una gran prudencia y una visión práctica de la nueva situación. Evitó, como dice Frontino (1, 3, 5) agotarse en el asedio de muchas ciudades, logrando así conservar mejor las fuerzas y la entereza del ejército romano. Al mismo tiempo Publio Cornelio Escipión envió un contingente de 10.000 infantes a su hermano Lucio Escipión para que sitiara Auringis, que tenía minas de plata en las proximidades. Era la ciudadela de Asdrúbal, desde donde éste iniciaba las incursiones contra los pueblos del interior. La riqueza de las minas y su situación privilegiada movieron a Escipión a tomarla (Liv. 28,3; 28, 4, 1). Fue capturado un gran número de prisioneros en la ciudad. Escipión se retiró con su ejército a pasar el invierno a Tarragona.

Elefante de guerra cartaginés


En el año 206 a.C. se entró en la fase final de la lucha de Escipión contra los cartagineses, que tuvo su punto culminante en la batalla de Ilipa, hoy Alcalá del Río. El ejército de Asdrúbal estaba formado por 70.000 infantes, 4.000 jinetes y 32 elefantes. Escipión había tenido buen cuidado de haberse ganado un buen número de aliados en el sur. Uno de estos cabecillas indígenas se llamaba Culcas o Culchas, reyezuelo que dominaba más de 28 ciudades (Liv. 28, 13, 5) y que aportó al ejército de Roma un contingente de 3.000 infantes y 500 jinetes, que fueron muy importante en la victoria romana. Escipión sabía tratar muy bien a los soldados. Así lo demostró cuando el ejército, en número de 8.000 efectivos, que invernaba en Sucro, se rebeló, cundiendo la noticia de la enfermedad de su general, si bien el pretexto real era el descontento porque al parecer se difería el pago del estipendio. En esta ocasión el problema se resolvió destituyendo a los tribunos (Zon. 9, 10, 8).


Estos sucesos impulsaban a los iberos a sublevarse y a atacar las ciudades aliadas. Escipión se ganó hábilmente la simpatía y el buen ánimo de los soldados pagando el estipendio, pero de modo distinto para culpables e inocentes, previo diálogo con los soldados implicados. Las palabras y el discurso de Escipión se muestra lleno de generosidad y de benevolencia. El general quería ser amado y respetado por sus soldados, a los que pidió en este momento que le apoyaran en su candidatura al consulado, cuyo honor correspondía a todos los que habían contribuido a las victorias
militares y por ende a la grandeza de Roma. A los soldados que estaban heridos o enfermos después de la batalla de Ilipa los asentó en Itálica (2)(App. Iber. 37). La piedad de Escipión también se hizo patente respecto a sus antecesores en Hispania, su padre y su tío, ya fallecidos en las guerras, cumpliendo las honras fúnebres y organizando en su honor combates de gladiadores en los que participaron hombres de la nobleza ibérica (Lev. 28, 21; Z. 9, 10, 3) (3).

 

(1) Sobre el lugar de la muerte en los Escipiones, véase A. Canto, “Ilorci
Sicipionis Rogus (Plinio NH III, 9 y algunos problemas de la Segunda Guerra Púnica en
Hispania”, RSA 29, 1999, 127-167. Esta autora sitúa la muerte de Gneo Escipión en
Segura de la Sierra, y la de Publio Escipión cerca de Cástulo.

(2) A. García y Bellido, Colonia Aelia Augusta Italica, Madrid 1979. A. Canto,
“Colonia Aelia Augusta Italica. Geschichte und Archäologie”, en D. Hertel - J.
Untermann (Hrsg.), Andalusien zwischen Vorgeschichte in Mittelalter, Köln 1992, 115-
137. A. Caballos, Itálica y los italicenses, Sevilla 1994. A. Caballos, P. León (eds.),
ITALICA MMCC, Sevilla 1997, particularmente el trabajo de H. Galsterer, “Die Stadt
Italica: status und Verwaltung”, ibid., 49-54. A. Caballos Rufino y otros, Itálica
Arqueológica, Sevilla 1999. Sobre el estatuto jurídico de la ciudad, ver también: J.
González, “Italica, municipium iuris Latini”, MCV 20, 1984, 17 ss.

(3) J.M. Blázquez, “Ritual funerario y status social: los combates gladiatorios
prerromanos en la Península ibérica”, Veleia 10, 1993, 71-84, J.M. Blázquez, Mitos,
dioses, héroes en el Mediterráneo antiguo, Madrid 1999, 341-362. Trabajo en
colaboración con el prof. S. Montero.